Capítulo 2: Investigación de Campo
El sonido del reloj-despertador anunciando que era hora de levantarse alteró a Ilián por segunda vez aquella mañana, nuevamente había despertado de golpe, pero ahora se encontraba más tranquila y, aunque su corazón seguía latiendo rápidamente, se sentía un poco cansada.
-Menudo sueño- suspiró, mientras se frotaba los ojos haciendo una leve presión, apagó el despertador y caminó con pesadez al baño mientras se estiraba y entonces se dio cuenta que algo estaba mal.
Al intentar colocarse el cabello tras la oreja, notó que ese estaba aparentemente ¿Corto? Una corriente eléctrica recorrió su espalda y la piel se le erizó, la habitación aun estaba en penumbras como para distinguir claramente, no podía seguir soñando, no de nuevo.
Corrió casi hasta el baño y encendió la luz. Y todo pasó ahí. Sintió un mareo brutal y cayó sentada, con la respiración entrecortada. La expresión era aterrorizada y sorprendida, respiró lento y trató de asimilar lo que había visto. Volvió a levantarse.
-¡Au!- exclamó al sentir el pellizco que se había dado, definitivamente no podía estar soñando, aunque también le había parecido bastante real el sueño de anoche. Miró atónita la imagen que se reflejaba ante ella en el espejo.
Los cabellos negros como la noche, la piel ligeramente más clara y aquel mechón de cabello que se empeñaba con obstaculizar la vista de su ojo derecho. No podía ser un sueño. No.
Tal vez de los nervios, la impresión, el miedo o la alegría, Ilián se soltó a reír, no estrepitosamente, pero si lo bastante alto como para que supiera que estaba en la realidad. No se lo creía. En verdad había pasado.
Se incorporó rápidamente hacia su cama y buscó desesperadamente entre las colchas hasta hallarla, ahí estaba, volvió a caer sentada de la impresión, mientras sostenía aquella monedita plateada con las insignias de los ojos, y volvió a reír.
-No me lo creo, simplemente no- pero ahora el frío de la emoción recorría todo su ser y una oleada de emociones la hicieron incorporarse. Avanzó con emoción hasta su armario y observó la ropa que había puesto la noche anterior, hizo un chasquido con los dientes mientras ladeaba la cabeza.
-Yo no me voy a poner esto- inquirió, y dio media vuelta rumbo a la habitación de Raúl. Al abrir la puerta vio un papel diminuto color amarillo, de esos que usan como recordatorios en las oficinas, lo tomó y, con la escasa luz pudo leer:
“Cielo, nos fuimos a las cinco treinta, debemos estar al menos una hora antes en el aeropuerto, el dinero en efectivo está en el comedor en un sobre blanco y la próxima semana les enviaremos el primer depósito, cuídense mucho, tan pronto como lleguemos les hablaremos, espera a tu hermano, él te va a llevar y a recoger a la universidad.
Los queremos.”
La ahora pelinegra se bufó y arrugó el papel tirándolo, siguió con paso normal hasta la habitación de su hermano y entró despacio. Dormía profundamente. Caminó hasta el armario y con ayuda del celular de este que se encontraba cerca de su buró, logró iluminar algunas prendas para escoger lo más conveniente: una sudadera en color verde militar y un pantalón de mezclilla negro. Despacio volvió a cerrar el armario, colocó el celular y antes de dejarlo en su lugar apagó la alarma, para que su hermano no pudiese levantarse, salió de la habitación de nuevo hacia la suya.
Miró el reloj y vio que eran las seis veinte, tenía muy poco tiempo para hacer aquello.
Rápidamente buscó en el cajón del buró unas tijeras, hilo y aguja, se probó la ropa y con un gis blanco comenzó a trazar marcas, no era nada buena en costura a decir verdad, pero su madre la había inscrito para tomar un par de clases, además de que cada año en el día de las madres, se había visto obligada a realizar bordados y demás manualidades.
Cuando supo las medidas, aun sin quitarse la ropa, comenzó con su prueba, cortó las mangas de la sudadera a manera de que quedara como chaleco y también lo largo del pantalón, entalló ambos e hizo dobladillos al final mientras cosía el borde, después se colocó una playera blanca debajo. Volvió a mirar el reloj sólo para ver que eran seis cuarenta y cinco.
-Oh bueno, hoy llegaré un poco tarde- exclamó, pero de pronto recordó que no estaba sola, aunque Raúl jamás se levantaba por sus propios medios.
Se miró en el espejo para comprobar lo bien que había quedado su creación y sonrió satisfecha, pero faltaba algo, se recorrió de cuerpo entero con la mirada y de pronto sus ojos se fijaron en algo: su cabello. Su larga melena antes castaña se meneaba ante el simple movimiento de su cabeza, su madre siempre le había dicho que se veía preciosa con cabello largo, pero era una lata para ella, así que lo miró fijamente y sus labios se curvaron.
-Si ya lo hice con la ropa …- comenzó, y tomó las tijeras, primero se vio desde diferentes ángulos y recogió su cabello a diferentes alturas, mientras escogía aquel que le convenciera más, finalmente se le ocurrió una idea. Separó su cabello en dos, la parte de arriba la recogió con una pinza mientras atendía la de abajo, la cual empezó a cortar hasta que le llegó no más abajo del final del cuello, bastante corto a comparación de cómo lo tenía antes. Una vez que terminó, siguió con la segunda parte, la cual cortó pero no mucho, dejando esa capa más larga que la de abajo, finalmente tomó una liga negra y amarró la parte larga de su cabello, como si fuera media cola, esto dio como resultado que la capa larga al estar amarrada llegara a la misma altura de la capa corta. Sonrió ampliamente.
Rápidamente recogió los pedazos de cabello y ropa del suelo, buscó una bolsa desechable y los echó ahí, bajó corriendo las escaleras con su mochila en el hombro, no sin antes haber sacado algo de ahorros que tenía guardado para comprar ropa después, tiró la bolsa, tomó algunas frutas y cereal para el camino. Dio un último vistazo atrás, conciente de que su hermano seguía dormido y que en cuanto despertara se pondría como loco al ver que no estaba, volvió a sonreír y salió a la calle. Ya el sol estaba claramente entre las nubes, serían más de las siete. Se inclinó para buscar dentro de una maceta, donde siempre guardaban sus padres una llave de repuesto, la agarró y salió a prisa de la casa.
Tomó el autobús que creía la dejaría más cerca de su escuela y miró el camino con atención, como siempre había estado con su padre o hermano, no se había detenido a observar el panorama, pero ahora ella se sentía otra. Buscó en su mochila hasta hallar la moneda plateada que deslumbraba a pesar de que ninguna luz reflejaba en ella.
-Divisionex- susurró.
…
Eran las treinta cuando la pelinegra arribaba a su universidad, claramente no había podido entrar a la primera clase pero no le importaba, sería su primera falta, esperó a que la clase terminara sentada en una de las bancas caoba que había fuera de cualquier salón, pensando atentamente en el giro tan impresionante que había dado su vida en una noche, ya no tenía ganas de fingir, de actuar, se sentía libre, no le importaba lo que los demás pensaran, pero aun tenía muchas dudas … ¿Volvería a ver a la sombra? ¿Estaría hablando en serio al decir que tenía una misión? ¿Cómo funcionaba exactamente la Divisionex? ¿Y qué habría sido de aquella repugnante “otra parte”?
El sonido de las bancas moverse y el barullo de los estudiantes le sacó de sus pensamientos. Alzó la mirada y vio a todos salir del salón. Tremenda sorpresa se llevaron al verla.
Al inicio, la mayoría pensó que se trataba de una estudiante nueva, pero luego reconocieron las facciones de Ilián: los labios pequeños y delgados, la nariz recta y los ojos oscuros que ahora parecían estar más apagados que de costumbre, fuera de ahí, ni la ropa ni el cabello cuadraban con la dulce niña que conocían.
-¿Ilián?- se atrevió a preguntar uno, esperando con todas sus ansias a que ella respondiera que no era.
-¿Sí?- dijo ella para sorpresa de todos, se miraron entre ellos. Ana, que había salido al final, vio aglomerada a la gente frente a un punto, curiosa se dirigió allí y se coló entre las personas fácilmente al ser pequeña de estatura. Lo que vio la dejó igual de impresionada.
Su amiga, vestida con ropa de hombre, evidentemente cortada para ajustarse a su complexión, el cabello teñido al parecer de negro con un leve tono rojizo, el corte de cabello disparejo del que sobresalía una especie de media cola y los ojos ojerosos y oscuros que se habían detenido a mirarla. Pero pese a todo estaba segura que era Ilián.
-Hola- se acercó tímidamente hasta su amiga, sin dejar de quitar una expresión de asombro.
-Hola- le respondió, secamente.
Hubo un momento de silencio en que todos los estudiantes se cuestionaban el repentino y drástico cambio de Ilián Valle. Ella sonreía por dentro, “¿Así que no se lo esperaban?” pensó “Esta es la verdadera Ilián, queridos”.
La pelinegra se levantó como si nada y avanzó hasta el salón, donde dejó su mochila en la banca y sacó un libro para leer, Ana le siguió, mientras todos los estudiantes la observaban desde la puerta. Su amiga no sabía qué decir ni cómo empezar.
-¿Q-Qué tal tu noche? ¿Dormiste bien?
Ilián levantó la vista y la miró fijamente, Ana se estremeció, jamás había visto a su amiga mirar con aprensión a alguien.
-Sí- volvió a bajar la vista, continuando su lectura, Ana se rascó la cabeza y miró hacia el pizarrón mientras se sentaba a su lado.
-¿Ya sabes que hacer entonces con la exposición del lunes?- comentó, tratando de parecer normal, evidentemente no quería cuestionar el repentino cambio de personalidad de su amiga.
Ilián se limitó a encoger los hombros sin apartar la vista de su libro. Ana jugó con sus manos, nerviosa. En ese momento, el celular de Ilián comenzó a timbrar, pero ella no se inmutó, sabía quién era y no iba a contestar. El sonido de la música perteneciente a una de las piezas de la banda de su hermano se intensificaba, Ilián pensó para sí en llegar a casa y cambiar ese tonto timbre. Ana la miró de reojo al ver que no contestaba pero tampoco dijo nada, su amiga la intimidaba demasiado como para hacer algo.
El celular sonó otras tres veces más e Ilián tuvo que ponerlo en vibrador y dar tono de ocupado. No tardaría mucho hasta que Raúl llegara a su facultad desorbitado y frustrado al ver que no podía encontrar a su hermana.
Las clases avanzaron lentamente y, los alumnos no podían evitar voltear a ver a la pelinegra, algunos más discretamente que otros, incluso los profesores parecían desubicarse momentáneamente cuando pasaban lista y veían extender el largo y delgado brazo de la nueva Ilián diciendo “presente”. Pero nadie se atrevía a preguntar el por qué del repentino cambio de la muchacha, simplemente porque cuando sus ojos se topaban con los de ella, todos quedaban sumisos y petrificados ante los aires de superioridad que ahora la envolvían.
Como a eso de las diez se oyó un barullo proveniente de afuera de su salón. Ilián apenas levantó la vista, al igual que Ana, que permanecía fiel a ella, en silencio. Raúl acababa de entrar todo acalorado y con aires de preocupación, o más bien, desesperación, cuando ambos cruzaron las miradas, el mayor se detuvo en seco y miró a lo que adelante respondía al nombre de su hermana, pero no podría saber a ciencia cierta qué era eso que estaba frente a él.
-¿Ilián?- preguntó con un hilo de voz.
-¿Qué?
-¿Qué …?- repitió él, pero estaba tan asombrado como el resto de la clase, Ana miró a ambos y después se detuvo vendo al pelinegro, haciéndole un gesto para que no hiciera un escándalo ahí, Raúl la miró pero no pudo evitar conmocionarse y avanzó a zancadas hacia su hermana, ella había vuelto a bajar la mirada mientras seguía leyendo.
Inesperadamente y sin decir nada, el muchacho tomó a su hermana del brazo y la levantó de un tirón, haciendo que dejara caer el libro, Ana trató de levantarse para defender a su amiga pero los movimientos de Raúl fueron tan rápidos que en un abrir y cerrar de ojos se encontraba arrastrando a la pelinegra rumbo al estacionamiento.
Ilián no decía nada, parecía pensativa.
Raúl la miró con coraje y cuando estuvieron lo suficientemente fuera del alcance de los ojos curiosos la soltó y la arrinconó contra una camioneta.
-¡¿Qué demonios piensas que haces?!
-¿Por qué?
-¡¿Po-Por qué?!- gritó casi desquiciado, balbuceando, sólo se limitó a hacer ademanes como si quisiera hablar y algo se lo impidiera, no le salían palabras de la boca para expresar esa mezcla de sentimientos embargantes que le aquejaban gracias a su hermana, al final, dio un puñetazo a la camioneta, por suerte no le sucedió nada.
Trató de respirar hondo y bajó la mirada, Ilián casi pudo notar como los ojos se le humedecían. Pero ni siquiera se preocupó, esa era la señal definitiva, el no fingir ante Raúl significaba que estaba libre.
-¿Por qué te fuiste sin avisar?- dijo al fin, con la voz quebrada, pero tratando de sonar autoritaria.
-Porque quería por una vez en la vida valerme por mí misma- respondió con naturalidad, Raúl alzó la mirada confusa y húmeda hasta ver esos ojos opacos.
-Me preocupaste en serio, mi celular no sonó, me levanté de golpe pensando en ti, porque tú eres muy responsable y no me gustaría que por mi culpa llegases tarde, me extrañó que no me hubieses despertado, te busqué y no hallé nada más que un papel que te dejaron nuestros papás arrugado y tirado, pedazos de cabello y tela tirados en la basura. ¿Qué crees que creí al ver esa escena? Sin que siquiera hubiera pasado un día desde que nuestros padres se fueron … - calmó su voz, y trató de hablar despacio y suave, controlando esas lagrimas que amenazaban con salir, Ilián lo miró de reojo y luego vio hacia otro lugar.
-Ese es el problema, que ustedes me cuidan como si tuviera retraso mental, ya casi tengo dieciocho años, no sé hasta cuando piensan seguir con esto- Raúl la miró nuevamente aturdido.
-Pero, no tenías por qué hacer eso, me imaginé lo peor, y como estaba histérico, me puse a buscarte como loco por la calle sin siquiera pensar que hubieras venido acá … Y cuando te vi sentí un alivio tremendo pero … - una vez más calmado, se puso a examinar a su hermana, desde el cabello hasta la ropa.
-Mira, te voy a responder simple, la verdad a mi no me gustaba mi antigua forma de ser, me di cuenta desde hace tiempo y me dije: “Si así voy a vivir toda la vida, prefiero morir en este instante”, diecisiete años viviendo de esa manera me dieron la confianza para cambiar, y así es como realmente quiero ser- finalizó tranquila, enfatizando su mirada en una lágrima que había logrado salir del ojo de Raúl. Nuevamente hubo silencio.
-¿Por qué jamás comentaste cómo te sentías con nosotros? Somos tu familia …
-¿Familia?- rió irónicamente y Raúl quedó pasmado- ustedes son el principal motivo de que hubiera estado así, obligándome a ser a la manera en que querían, haciendo las cosas por mí sin preguntarme, tomando elecciones, eligiendo mis caminos, incluso casi rechazan la idea de que entrara a esta carrera, pero ya no voy a seguir fingiendo ser la niña perfecta que vive feliz en su burbuja de cristal.
-Ilián- susurró débilmente su hermano, y con la mano temblorosa trató de acariciar la mejilla de esta, pero la muchacha se lo impidió.
-No quiero que arruines mi primer nuevo día con tus pantomimas, así que grábate lo que te dije, ah- dijo sacando de pronto dinero de su pantalón- esto es por la ropa que tomé de tu armario, es que la mía era horrenda- y depositó los billetes en la mano de un impresionado y dolido Raúl, que quedó con la mirada perdida mientras ella se alejaba.
…
De vuelta en el salón de clases, Ilián se convirtió nuevamente en el centro de atención de todos, pero ignoró eso y tomó su mochila, dispuesta a retirarse, Ana se paró de inmediato, como intentando detenerla, pero para su sorpresa, Ilián la llamó.
-Voy a ir a comprar unas cosas, necesito que me acompañes.
-Sí- se apresuró a tomar sus cosas y siguió de prisa a la pelinegra, con varios pares de ojos viéndolas.
Una vez fuera, el trayecto fue silencioso, tomaron un autobús y se dirigieron a una plaza comercial, donde Ana ayudó a elegir ropa a su amiga, de alguna manera, Ilián pensaba que esa era la única forma de agradecerle a su amiga su amistad incondicional y la fuerza de voluntad que tenía al no preguntarle lo que le había pasado, sí, en su nueva vida, sería de las escasas personas con las que mantearía una conversación.
Ya finalizadas las compras, se sentaron en una banca circular que rodeaba una fuente, justo en el centro de todas las tiendas, no hablaron mucho durante ese tiempo, sólo para intercambiar opiniones acerca de la nueva ropa de la pelinegra, Ana meditaba, y se debatía internamente, Ilián la miró de reojo y suspiró.
-Me he dado cuenta- comenzó, Ana dio un respingo- de lo mal que es mentir, y yo no soy una persona mala, ¿Verdad?- preguntó, y su amiga negó dándole la razón- pero irónicamente sí soy una mentira -Ana tornó su cara confusa.
-No te comprendo.
-Y no espero que lo hagas- dijo curvando sus labios- me basta con que me escuches, Ana. Toda mi vida he mentido, los he engañado a todos, les he hecho creer que soy la persona más perfecta y feliz del mundo, y resulta que era lo contrario, estaba llena de defectos que me hacían infeliz, y que por alguna extraña razón nunca quise sacar a relucir. Pero ya me harté. Y decidí que uno no puede estar así toda la vida, si hubiera soportado otro poco más no se que hubiera pasado, me hubiera dado miedo ver las reacciones, por lo que elegí este momento como el preciso.
-Es decir, que esta es la manera en la que realmente te sientes bien.
-Así es- Ana bajó la mirada. Hubo mucho rato de silencio.
-Me alegra- dijo su amiga, haciendo que Ilián la mirara repentinamente.
-¿Qué cosa?
-Que seas así, como realmente eres, ¿Sabes? Siempre te noté un poco tensa, como debatiendo siempre contigo misma, y me preguntaba por qué, imagino que era por eso, pero yo también pase esa etapa, y me di cuenta que hay que ser como uno realmente quiere y no como la gente lo manda, porque quienes vivimos, sentimos y sufrimos somos nosotras mismas- le sonrió cálidamente y tomó sus manos entre las de ella- me alegra que hayas tomado una buena decisión.
Ilián se limitó a mirarla y a sonreír levemente, en verdad que iba a ser una de esas pocas personas.
…
Cuando Ilián llegó de nuevo a casa, notó que no estaba la moto de Raúl, curiosamente ese día él salía más temprano que ella, así que probablemente no se quería topar con su hermana, Ilián rió, eso era lo más conveniente, dado que ella tampoco quería hablar con el muchacho. Tenía cosas más importantes que hacer.
Se deslizó hasta su cuarto y se acostó sobre la cama, poniéndole antes seguro a la puerta. Y observó su moneda, con tantos líos no había podido poner a prueba la veracidad de la Divisionex. Dio un brinco para ponerse de pie y miró por su ventana.
-Haber, haber, una víctima- soltó, con voz suave. Meditó un poco la lista de candidatos para usarla, pero descartó a varios, por obvias razones -no piensan- y quedó en silencio, mientras pasaba entre sus dedos la moneda. De pronto tuvo una idea.
Acomodó la nueva ropa en su armario, y colocó la que no le gustaba y sobraba en el de su mamá, mientras formulaba su plan.
Salió de la casa nuevamente y emprendió su cacería. Tomó el primer camión que vio y se bajó en la zona que creyó más conveniente: la zona popular. Era de esas de mala reputación donde se solía encontrar a tipos cayéndose de borrachos y a mujeres con minifaldas y tacones desmesurados caminar insinuantemente. Jamás había estado ahí, así que su primera impresión la hizo dudar, pero avanzó a paso seguro, adentrándose cada vez más. Tal vez debía estar demente para poner a prueba la Divisionex en un sitio como ese, donde al no saber si realmente funcionaba, tenía vagas posibilidades de salir ilesa.
Miró un bar en una de las esquinas. Era de aspecto chillón, con paredes moradas para llamar la atención del que pasara, pero las mismas ya estaban desgastadas y había pedazos de tabique tirados a los alrededores, el anuncio, de un verde fosforescente, tintineaba como si se fuera a apagar, mostrando un nombre vulgar que Ilián prefirió no grabar, la música estruendosa se oía hasta donde ella estaba.
Se colocó la capucha que tenía su chaleco (antes sudadera) y se apresuró a entrar.
El lugar por demás de lucir feo, olía a muerte, no sabía si ignorar el eminente olor a orín o a sudor que invadían el sitio, el cual estaba, literalmente, destrozado. Apenas había unas cuantas mesas rotas que eran sostenidas por pedazos de tabique o piedras, con sillas en las mismas condiciones, las paredes de adentro estaban peor, con un amarillo deslavado y manchas que parecían ser de cerveza u otros líquidos menos agradables, Ilián ignoró esto y fue sentarse apartada de todos, en una mesa que se contorneaba tratando de mantener el equilibrio.
Encontró una piedra y la colocó en la pata mala, para que se dejara de mover, tiró los cigarros que estaban en ella y arrimó una silla, mientras esperaba. Los sujetos de ahí no eran como los típicos que mostraban en las películas, tenían un aspecto grotesco, parecían una mezcla de jabalís con humanos. Y las mujeres ni qué decir, tenían igualmente un aspecto que nada se parecía a las modelos de las revistas, pero los “caballeros” parecían estar complacidos, con tal de que fueran féminas las que les bailaran.
De pronto, Ilián sintió como alguien la miraba. Agachó la cabeza y dejó caer el cabello sobre un ojo, lista para cualquier ataque, un sujeto que parecía gladiador retirado la veía fijamente desde la otra mesa, luego se volteó y le dijo algo a unos amigos, después ya habían cuatro pares de ojos fijos en ella.
…
Raúl llegó a casa desecho. Le había prometido a su hermana antes que ya no iba a volver a competir en carreras de motos, y así lo había hecho, al menos hasta ese día, pues ahora la frustración que sentía hacia la persona que más amaba le había hecho caer. Suspiró más tranquilo.
Metió la moto a la cochera y vio las luces apagadas, no había ruido alguno, se extrañó y entró. Serían como las siete de la noche, Ilián probablemente estaba encerrada en su cuarto, como acostumbraba a hacer, pero ahora ya no se sabía, le había estado mintiendo todo ese tiempo. Nuevamente le invadió esa punzada de dolor y reproche, pero trató de calmarse, subió las escaleras y vio la puerta del cuarto de la pelinegra cerrada, no quiso molestar, así que se siguió de largo y él se encerró en el suyo.
Se quitó la chaqueta y tiró sin querer el dinero que su hermana le había entregado, lo tomó y lo apretó fuerte, rechinando los dientes del coraje, se tiró en su cama, aun desarreglada y se tapó con su almohadón.
-Ilián …
…
Ilián se encontraba debatiendo entre correr o quedarse tontamente a analizar los poderes de la Divisionex, cuando los cuatro sujetos de aspecto grotesco se le habían acercado y la miraban divertidos. Uno de ellos, de cabeza calva y con muchas perforaciones, le levantó la capucha, lo que hizo que la muchacha se sobresaltara, causando un fuerte estruendo de risas entre sus ahora “compañeros”.
-¿Qué hace alguien como tú por estos lugares?- preguntó, mientras observaba las facciones finas pero desafiantes de la pelinegra.
-Hago una investigación de campo- los cuatro sujetos quedaron perplejos ante la respuesta, pero después otro, que se parecía más a los jabalís del otro lado, se le acercó.
-¿Y de qué es tu investigación?- preguntó intimidante, pero Ilián se limitó a verlo.
-¿Por qué no te sientas y lo descubres?- sus amigos soltaron chiflidos y chasquidos mezclados con carcajadas al ver el reto que acababa de ponerle una muchacha menudita a un tipo como él. El sujeto también se rió y se sentó obedientemente.
-Haber, muéstrame entonces- “¿En qué estoy pensando?” se dijo para sí Ilián “En una situación así, teniendo a mi parte buena, hubiera huido, pero por alguna extraña razón yo misma deseo hacer esto” eso le inspiró más confianza, y apretó fuertemente la Divisionex con su mano izquierda.
-Se llama “Yo domino” y la cosa es así, hagamos una de esas ¿Cómo les dicen? “Fuercitas”, y quien gane le pide al otro lo que quiera- eso volvió a proferir una sarta de carcajadas por parte de los sujetos, Ilián esperó pacientemente hasta que se callaron y el que estaba sentado la miró fijamente.
-Está bien, pero no sabes en lo que te has metido.
Ambos colocaron sus brazos derechos en la mesa, y se sujetaron la mano, el sujeto apretó la mano de Ilián como señal de advertencia, ella sintió el dolor pero no se movió, se aferró más a estrujar la moneda en su mano izquierda, ahora que lo pensaba, esa era la llave, ¿Pero dónde demonios debía meterla? Meditó un poco, y entonces tuvo una idea.
Sintió el fuerte jaloneo que dio el sujeto con su mano, que se detuvo a unos pocos centímetros de la mesa (a pocos centímetros de que Ilián perdiera), y se rió de nuevo, para hacer notar a la muchacha la gran desventaja que tenía. Pero ella siguió concentrada, y entonces lo miró fijamente, con el ojo izquierdo, que era el único que le daba visibilidad, entonces algo pasó.
El hombre que estaba frente a ella fue borrando lentamente su sonrisa, hasta quedar serio, mientras sus manos permanecían inmóviles, sus amigos también callaron ante la reacción repentina del sujeto.
Ilián sintió como si algo la empujara hacia la mente del tipo, y fácilmente se coló entre una secuencia de escenas que parecían representar la vida de aquel ser y que avanzaban rápidamente. Entonces comprendió qué era lo que debía de hacer.
-No hagas esto más difícil- habló al fin la muchacha, con sus labios curvados en una sonrisa un poco malévola, el sujeto la miró perplejo- mejor cuéntame lo que pasó aquella vez, hace siete años, en la casa de tu madre.
El hombre quedó atónito y empezó a sudar, la voz de Ilián era un susurro casi inaudible, pero lograba escuchar lo que decía con tanta claridad como si tuviera un micrófono y el eco le perforara los oídos, sin querer recordó la escena que lo había hecho sucumbir. Una cruel violación a su madre, un asesinato a su padre, cosas que le marcaron la vida, instantáneamente quiso soltar la mano de Ilián pero esta le retuvo, era como si el tipo empezara a perder fuerzas.
-Sí, no tienes fuerzas, eres débil, más débil que todos aquí, tan débil como hace siete años, no vas a poder ganarme, haber, repítelo- le ordenó.
-N-No voy a poder ganarte- dijo con un hilo de voz, mientras le temblaba la mano con aquellos recuerdos bloqueando su mente una y otra vez.
-Una persona débil ¿Qué hace? ¿Crees que deba existir?- inquirió con voz suave pero atemorizante.
-No.
-¿Y tú eres débil?
-Sí.
-¿Crees que debes existir?
-No- finalizó, con la mirada perdida, sus amigos observaban como sólo se quedaban quietos, evidentemente no notaban la conversación que estaban teniendo.
-Oye Miguel- trataron de llamar la atención sus amigos- ¿Qué tanto haces?
-No los escuches- dijo la vocecilla suave en la cabeza de Miguel- ellos también son débiles, te puedo contar también lo que hicieron, a raíz de lo que sufrieron, se desquitaron con inocentes, igual que tú, imagínate, hiciste con muchas jovencitas lo que hicieron con tu madre, piensa, que todas esas chicas, tenían el rostro de ella, piensa que era a ella a la que le hacías eso, ¿No te da pena?
El hombre soltó la mano de Ilián como si algo le quemara, desquiciado, se levantó y tiró la mesa, sus amigos se quedaron perplejos, pero la demás gente no hizo mucho caso, pues situaciones así eran muy cotidianas.
-¡¡Miguel!!- le gritaron, tratando de calmarlo, pero él sólo repetía con lágrimas en los ojos “Mamá, lo siento”, como si fuera un niño pequeño, Ilián se levantó satisfecha y se preparaba para partir cuando uno de los sujetos la retuvo fuertemente.
-¡¿Qué carajos le hiciste a Miguel?!- Ilián le miró nuevamente a los ojos y el sujeto la soltó de inmediato, pues e empezó a aturdir cuando una vocecilla le decía: “Tú también eres culpable ¿No? ¿Recuerdas a la ancianita amable que te traía de comer todos los días? ¿Qué le ocurrió después?”, la voz era interminable y había momentos en que se reía, ahora, el otro sujeto atontado, quedó inmóvil en la puerta mientras figura de Ilián se deslizaba para perderse entre la oscuridad.
…
De pronto comenzó a chispear, no se había dado cuenta de cuánto tiempo había estado en ese horrendo lugar, y con las calles más oscuras era imposible recordar por dónde había venido.
Aun así, siguió corriendo en busca de alguna señal, luz o transporte. Encontró a dos borrachos a medio caer caminando hacia un lugar específico, y los siguió de lejos, esperando encontrar una salida, para aquel lapso ya estaba lloviendo.
Después de un rato de seguirlos salió a una calle extensa y con más luces de anuncios, semáforos y faros de los coches destellando, una calle más segura y conocida. Lo árboles del parque y las tiendas comerciales le dieron una idea de que debía de andar por el centro de la ciudad, la cual de noche brillaba intensamente, y a diferencia de cómo siempre lo había imaginado, se encontraba bastante poblada, gente que regresaba a sus casas o que salía a pasear iba y venia. Dio un suspiro y fue a sentarse en una de las bancas metálicas color verde oscuro que se colocaban estratégicamente en el parque.
En ese momento deseó tener un paraguas, pero igual la lluvia le serviría para limpiar sus pensamientos.
“Lo hice”.
Comenzó a reírse mientras miraba al cielo. Había conseguido averiguar la función de la Divisionex. Eran tan simple, con mirar a la persona podía ver como si esa mente fuera la suya, y podía realizar cualquier tipo de cambio que se le ocurriera, como lavarles el cerebro, pero no con lo que ella quisiera, sino con los propios recuerdos que la gente tuviera, era como el “remordimiento de conciencia”, ella podía atormentarles preguntándoles acerca de las cosas malas que hacían mientras su suave voz les llegaba como augurio de muerte. Toda su energía se concentraba en la parte izquierda de su cuerpo mientras se unía con la parte derecha de la otra persona, para así entrar cómodamente y turbarla. Pero jamás terminaba la orden, es decir, una vez atormentada la persona, sería ella misma la que tendría que escoger que hacer, no Ilián, pero a esas alturas, nadie se opondría a su sutil forma de autoridad.
-Es genial- dijo para sí, observando la moneda que parecía brillar con más intensidad que antes, entonces recordó lo que la sombra le dijo, que ganaría poder entre más gente controlara con la Divisionex.
Todavía podía oír los alaridos de aquél sujeto pidiendo perdón como un niño mientras le suplicaba que lo dejara en paz, era música para sus oídos.
Entonces oyó un ruido. De una moto, para ser exactos.
-¡¡Ilián!!- gritó una voz masculina, que la muchacha ya bien conocía, así que no se molestó en bajar el rostro del cielo, al cual seguía acariciando la lluvia. Los pasos se acercaron apresuradamente y sintió una sacudida tremenda cuando la levantaron- ¡¡Mírame!!
-Te estoy mirando- dijo suavemente, con los ojos casi cerrados. No se había percatado que de repente se sentía muy cansada, la Divisionex tal vez causaba sus estragos.
Raúl la miró con muchos sentimientos en sus ojos, ira, preocupación, temor, tristeza, alivio, Ilián tuvo curiosidad de saber en qué estaba pensando. Sin decir nada más, la cargó en sus brazos hasta la moto y le colocó el casco, dado que apenas mantenía los ojos abiertos, entrecruzó sus piernas con las de él una vez que estuvieron abordo, para evitar que pudiera caerse, y colocó sus brazos en su cintura casi como nudo, para asegurarla, mientras emprendía despacio el viaje a casa.
…
Habían pasado dos semanas desde aquél incidente, Raúl no le dirigía para nada la palabra a Ilián, evitaba topársela en casa y mentía a sus padres acerca de su condición. La pelinegra naturalmente prefería eso, pues no quería estar dando excusas ni llamando la atención debido a su reciente cambio.
Para la escuela, con un dejo de dolor y aun titubeante, Raúl se iba sólo y dejaba a su hermana a la suerte, ya sea que partiera antes (lo cual casi no pasaba) o que esperara en su habitación a que esta saliera para poder hacerlo él también.
Ana no comprendía bien, ahora Ilián se rehusaba a ir a otra facultad y pasaba casi todo el día en el salón, y a quien le sorprendía ver era a Raúl merodeando cerca de la facultad de Criminología y Criminalística.
La pelinegra lucía demacrada, ojerosa y pálida. Era porque las recientes semanas había estado muy “ocupada” probando su Divisionex, como su hermano evitaba estar en casa para enfrentarla, ella salía libremente a pasear mientras seleccionaba por medio de su moneda a las personas con las mentes más brillantes, dado que el primer tipo con quien la había usado no parecía tener mucha aptitud para entrar en esa categoría. Como bien sabía, el usar la Divisionex era un poco peligroso; ella al igual que su víctima caían dormidos mientras entraba a explorar su mente, por lo que debía ser cuidadosa en los lugares donde atacaría, preferentemente en sitios solos y oscuros, como vil ladrón, así que seguía discretamente a las personas y les caía de sorpresa, con más de unas tuvo contratiempos, pues de verdad que era una mente compleja y resistían un poco al controlar sus emociones, pero eso la hacía más fuerte.
No tardaba mucho en realizar aquello, serían cuando mucho cinco minutos de la realidad, pero en el subconsciente se remontaba a horas, dependiendo de la complejidad. Hasta ese momento su favorito había sido una persona que poseía un intelectual tremendo, pero desgraciadamente había caído en ese hoyo de ignorancia llamado “amor” y estaba a punto de cometer semejante barbaridad sin pensarlo. Lógicamente le había puesto los pies en la tierra.
Bostezó mientras se estiraba y se volvía a acomodar en el pupitre, Ana le miró preocupada.
-No debo, no debo, no debo- se repitió en voz alta, haciendo que Ilián escuchase y no pudiese evitar sonreír.
-¿Qué quieres saber?
-¿Qué te traigo?
-¿Eh?- preguntó extrañada.
-Aspirina, pastillas para la gripa, cansancio, un refresco bien frío, un dulce ¡¿Qué?!- Ilián volvió a reír, mientras descubría su rostro y se recargaba en el respaldo de la silla.
-Nada, he tenido mucho en qué pensar, así que sólo es sueño.
-Deberías irte a descansar a tu casa.
-Debería, sí. Pero no quiero, aquí estoy bien.
-¿Quieres que le diga a tu hermano que deje de venir por estos rumbos? Para que salgas a que te pegue el sol.
-Déjalo- dijo ella, mientras colocaba el brazo sobre su cara- además ya te dije que no tienes las agallas para hablarle.
-Eres muy cruel.
-Sí, esa es mi naturaleza.
Ana suspiró, jamás creyó que la verdadera Ilián fuera así, sí que debía estresarle el fingir tanta amabilidad cada segundo.
-Y entonces, ahora que no puedes mentir- empezó, con una mueca, Ilián la miró- ¿Dime cómo me veo?
Pues … - dijo soltando un suspiro- no es muy mi estilo ni muy de mi agrado, de hecho, vistes demasiado chillón para mí, pero si así te sientes bien pues a quién le importa.
Ana frunció la boca y la miró detenidamente, al menos había sido honesta.
-¿Y crees que si cambio de estilo le llamaré la atención?- cerró los ojos rápidamente, esperando algún reproche por parte de Ilián, pero no oyó nada, cuando los abrió, vio a su amiga algo pensativa, había dejado de sonreír.
-No creo que no le llames la atención, es sólo que a él le gusta cualquier cosa que se diga a sí misma una fémina. Y en estos momentos está con una, pero no dudo que luego se irá “actualizando” y así- agregó con un ademán de la mano. Ana suspiró triste- hay muchas cosas más interesantes que hacer cuando estás sola.
-Me estoy dando cuenta que la verdadera “tú” es muy racional y calculadora, y aun así tu mente es un enigma- Ilián sonrió para después cerrar los ojos.
…
Pasó posteriormente una semana y todo marchaba con “tranquilidad” en la nueva vida de Ilián. Más y más víctimas, y menos y menos Raúl, toda una complacencia. Sin embargo, ese día algo había atontado su ambiente perfecto, era el día de ir a sacar el dinero del depósito de sus padres, así que tendría que acompañar a su hermano, las veces anteriores no se habían dicho nada más allá de “¿Cuál es la clave?” y “¿Qué se va a necesitar comprar y pagar?”, pero hoy, Raúl había estado actuando extraño, como luchando contra un monstruo interno.
Era sábado en la mañana, por lo que no había clases, sin embargo Raúl había salido a ensayar en el auditorio de la universidad con su grupo como de costumbre, casi se podría decir que era la banda “oficial”.
Ilián se puso una playera blanca entallada abajo y una camiseta negra suelta encima, con un pantalón de mezclilla y tenis negros. Estaba extrañada, a pesar del reciente incremento de poder en su Divisionex no había podido contactar a la sombra de nuevo, desde aquél día en que la separó. Había buscado por todos los rincones de su sueño, tratando de encontrar aquella grieta oscura que daba a la entrada de la casa de las mentes.
También había probado con lanzar la Divisionex, como si agitándola fuera a salir de ahí, gritaba su nombre, dormía con la moneda bajo la almohada, situaciones que resultaban estúpidas y vergonzosas para una persona como ella. Y todas ellas en vano.
Resignada había bajado a almorzar mientras hacía la lista de compras que posteriormente entregarían a la señora que venía a hacer el aseo. Mientras esperaba, se puso a meditar acerca de lo que ocurriría cuando sus padres volvieran y la vieran, ¿Qué dirían, o mejor, qué cara pondrían? La pelinegra trató de visualizarlos con cara desorbitada como la de Raúl cuando la vio por primera vez y no pudo evitar soltar una carcajada, y aunque quisieran llevarla con un psicólogo, hablar entre familia y esas pérdidas de tiempo, no la harían cambiar. Había previsto varias soluciones por si la situación se volvía extrema, como buscar departamentos baratos, empleos que aceptaran a menores y una beca en su escuela, no le preocupaba, pero tendría menos tiempo para realizar su “otro trabajo”.
Sus cavilaciones hicieron que el tiempo avanzara y cuando se dio cuenta, el ruido de la moto deteniéndose la hizo reaccionar, miró por el ventanal de la cocina como Raúl entraba mientras mandaba un mensaje por celular. Ese día llevaba una camisa azul cielo arremangada hasta los codos y un pantalón de mezclilla negro. Más arreglado que lo de siempre.
Aun así prefirió ignorar eso y caminó hasta la puerta. Raúl le esperaba, aun jugueteando con el teléfono, como si estuviera nervioso, y le indicó con una seña, sin verla, que la siguiera.
Ambos subieron a la moto y abrocharon sus cascos, partiendo hacia la plaza comercial del norte para pasar al banco.
La pelinegra observaba de reojo a su hermano, que lucía no tan enojado como de costumbre, si no más bien pensativo, y cuando hubieron recogido el dinero, Ilián se disponía a ir rumbo a la moto cuando una mano se posó ligeramente en su hombro, como si tuviera miedo de tocarla, volteó y vio a Raúl vacilante.
-Acompáñame- fue lo único que le dijo.
Caminaron con rumbo lento y un silencio espectral a pesar de todo el ruido de las voces de las personas paseando, la música de las diferentes tiendas y el sonido lejano de los claxon de los autos. Llegaron hasta un café que tenía una vista hacia el parque situado al norte, se sentaron en unas sillas altas con una sombrilla arriba, en la parte posterior del lugar, un ambiente tranquilo, como sospechaba Ilián, le iba a comentar algo.
La mesera llegó y les entregó las cartas, Raúl pidió un frape de cajeta mientras que Ilián un café americano. El ambiente, a pesar de tranquilo, lucía tenso. No hablaron durante un par de minutos, Raúl cambiaba su postura al sentar frecuentemente, intranquilo, y su hermana observaba hacia el parque, recargando su mentón sobre la mano.
-Bueno- dijo al fin el mayor, aclarándose la garganta- ya sabes a lo que voy- Ilián pareció no hacerle caso, Raúl suspiró y siguió- me esperé todas estas semanas para poder calmar mi enojo, y para que fueran semanas, has de pensar que si hice un coraje enorme, no quería toparme con tigo por obvias cuestiones, así que estuve meditando todo este tiempo, y ahora me encuentro más calmado.
-Sí, se nota en tu cara.
-Así que- prosiguió, ignorando el sarcasmo de la pelinegra- quisiera que me cuentes lo que ha pasado en estas tres semanas, sólo voy a escuchar, no diré nada para que no te molestes, salvo algunas preguntas, quiero que sepas que deseo comprenderte y apoyarte, pues soy tu hermano- dicho esto colocó su mano sobre la que Ilián tenía libre, está observó el agarre y luego miró a los ojos al mayor. Puso los ojos en blanco.
-Bueno- también aspiró hondo, tarde o temprano le iba a decir, pero ahora que era libre de sacar todo lo que sentía, temía excederse y lastimar a su “querido” hermano, pero ya no había marcha atrás- ya te había mencionado esto semanas atrás, pero como estabas colérico, supongo que no me hiciste caso …
Lo que ocurre es que siempre quise ser una buena persona, pero me estaba mintiendo a mí misma, porque así como me vez, así soy, esta es mi manera de actuar y al fin puedo expresarla libremente.
-¿Y por qué tardaste tanto en decidirte a cambiar?
-Porque estaba insegura, a todos parecía agradarles mi forma de ser- encogió los hombros- supongo que hice una promesa de seguir haciendo feliz a la gente … Diecisiete años.
-¿Entonces así serás de ahora en adelante o sientes la necesidad de más cambios?
-Así seré, me conozco perfectamente- en ese momento apareció la mesera que vestía de rosa pálido con las órdenes, las colocó y se volvió a retirar, hubo otro momento de silencio, Ilián meneaba la cuchara sobre la taza y Raúl daba ligeros sorbos a su bebida.
-¿Y entonces … Así vas a demostrar tus sentimientos? Es decir- dijo inquieto- me siento algo triste, no solíamos llevarnos tan distantes, por eso quería platicar con tigo, para solucionar las cosas, y que veas que no importa qué tanto cambies, siempre vas a ser mi hermana y yo voy a estar con tigo.
-Es que el principal motivo de mi cambio fuiste tú- le remarcó, con mirada severa, el pelinegro la miró atónito.
-¿Yo por qué?
-Porque me confundías- bufó, mirando hacia otro lado, mientras retiraba la mano que aun se encontraba entre las de su hermano.
-¿Cómo es eso?
-Date cuenta por ti mismo, averígualo en tu actitud y tus actos. Jamás me acoplé bien a la familia, esa es la realidad- el muchacho la miraba incrédulo mientras ella tomaba a grandes sorbos el café.
-Ilián, yo …- comenzó acercándose a su hermana- si hice algo mal … Perdóname, pero créeme que jamás haría algo que te dañara, te quiero por encima de todo, más que a nadie.
-Ese es el punto.
-No te entiendo.
-Nadie lo va a hacer nunca- Ilián volteó nuevamente hacia el parque, y esta vez algo llamó su atención.
Una muchacha que parecía conocer iba en dirección hacia ellos, aparentemente no los había visto, pero a Ilián se le hacía familiar, entrecerró los ojos un poco para ver más de cerca de quién se trataba y, a medida que ella avanzaba, sus ojos comenzaron a abrirse como plato. Se sobresaltó y se paró de un brinco. Raúl la miró consternado.
-¿Qué ocurre?- preguntó, y trató de seguir la trayectoria de la vista de la menor, pero ella volteó a verlo antes de que pudiera descifrar el por qué de su repentino comportamiento. Y aun peor, el salto de Ilián pareció haber llamado la atención de la muchacha que se había detenido en la esquina, la miraba con curiosidad.
-Voy al baño- argumentó rápidamente, con tono nervioso, y caminó a paso rápido dentro del café, aun con la cara atónita, se dirigió hacia la caja y preguntó al que atendía por una puerta de emergencia o salida trasera. Él la miró con el ceño fruncido, como no respondía, Ilián le botó unos billetes y le indicó que se cobrara de la mesa donde anteriormente había estado, que guardara el cambio y que lo demás lo tomara como recompensa por decirle la salida.
El joven indicó la salida: dentro de la cocina había una puerta que daba a la parte trasera de la plaza, donde se tiraban los desechos, y que podía salir por la trayectoria que los camiones de basura seguían.
Sin pensarlo dos veces, Ilián salió disparada con rumbo a la cocina, la atravesó sin importarle las miradas sorprendidas de los que estaban trabajando ahí y buscó la puerta, halló una metálica con la manija como de varilla y la empujó. Cuando salió, un fuerte olor a café quemado le inundó los pulmones. Se apresuró a salir de la zona corriendo, mientras se cubría con la mano la nariz. El lugar estaba repleto de bolsas desechables pertenecientes a cada local.
Divisó a lo lejos las rejas abiertas por donde salían los camiones y se coló por ahí. Una vez en la calle, observó contra esquina que la muchacha no se hallara ahí, por suerte no estaba, tal vez se había marchado, o se dirigía ahí, lo que fuese no le importaba. Siguió corriendo a lo largo del parque hasta pasar los grandes árboles que indicaban el fin de este, y leyó la siguiente avenida, siguió avanzando cuadras más abajo, con dirección al sur, al tiempo que la gente la observaba corriendo. Cuando no pudo más, se detuvo en otro café que halló cerca de un andador que dividía la zona centro, rápidamente se metió.
El lugar era cálido y el olor a café la tranquilizó un poco, apenas había notado que estaba cubierta de sudor. Se limpió como pudo y se sentó en una mesa, la gente la miraba raro. Tiró pesadamente su cara contra la mesa de madera barnizada, respiró lentamente, asimilando lo que acababa de pasar.
Asimilar que había encontrado a su otra parte.